Historia de un virus, su trajín y sus tropiezos

Todo pudo haber comenzado con un médico nefrólogo chino de Cantón que tenía planes de asistir a la boda de una sobrina en Hong Kong. Era febrero de 2003. Había estado en una pescadería y dos semanas después se sintió afiebrado. Siguió adelante con sus planes y se montó en un autobús para realizar el viaje de tres horas. En Hong Kong se alojó en uno de los mejores y más concurridos hoteles de la ciudad, el Métropole, en una habitación en frente de los ascensores y justo a la mitad de un largo pasillo. La misma noche de su arribo, el doctor Liu Jianlun empeoró en su estado. La fiebre aumentó, comenzó a toser y a estornudar, desde que estaba en el mostrador de ingreso al hotel. Al día siguiente, en vez de la boda, Liu tuvo que ser internado de urgencia en un hospital próximo al hotel. Murió doce días después. Tenía 64 años de edad.

El doctor Liu dejó infectados a dieciséis huéspedes del hotel y uno más que apenas había ido a una diligencia al establecimiento. Entre los huéspedes había una señora canadiense de 78 años, cuya habitación quedaba muy cerca de la del médico chino. Estaba allí con su esposo en plan turista. Un día después, contagiada pero asintomática, sin conocimiento del virus que llevaba dentro, voló de regreso a Toronto. El SARS, como se conocería luego este hijo de la familia de los coronavirus, comenzaba su itinerario global. Días después moriría la mujer, otros cinco días después su esposo, y una semana más tarde también fallecería uno de sus hijos que había sido hospitalizado y quien, a su vez, infectaría a médicos y enfermeras del hospital, mientras rápidamente el virus se diseminaría en Toronto, produciendo 31 víctimas entre cientos de contagiados. Una de las infectadas era una enfermera filipina que había viajado a su país natal para el feriado de Semana Santa. Comenzó a sentirse mal a poco de llegar, pero siguió su vida normal de visita a familiares y tiendas. En pocos días había decenas de infectados y Filipinas comenzó a ser parte de la geografía del virus.

En el hotel Métropole, en una habitación del mismo piso donde se hospedó el médico chino de la boda, se encontraban dos jóvenes que habían viajado de compras a Hong Kong desde Singapur. Cuando una de ellas regresó a Singapur llegó con tos y fiebre. La internaron con el diagnóstico “neumonía atípica”. Desde luego, seguían sin saber de qué enfermedad se trataba y los médicos y enfermeros que la atendieron no llevaban mascarillas. La llevaron primero a un espacio común con otros enfermos, y cuando agravó la trasladaron a cuidados intensivos (CUI). Estaban frente a la que luego denominarían “paciente cero”. Los galenos no sabían qué hacer por lo que convocaron a especialistas de otros hospitales para una junta médica. Tras explicar los síntomas, un médico del Hospital General de Singapur se paró de pronto y exclamó: “Esto es grave. Tenemos un caso con iguales características de otra mujer que regresó de Hong Kong”. Cuando comprobaron que era la otra joven que acompañaba en el hotel Métropole a la ya interna en CUI, todos los presentes quedaron aturdidos. En los días siguientes llegarían al hospital familiares contagiados de ambas muchachas, desde las abuelas hasta los tíos, incluso el pastor de la iglesia a la que pertenecían ambas que había ido a rezarles.

Un empresario chino que había viajado desde Hong Kong a Vietnam con la infección a cuestas, sin saberlo, comenzó a sentir prontamente los síntomas de tos, fiebre y dolores en el cuerpo. Un parasitólogo italiano se encargó de examinarlo en un hospital de Hanói. El empresario murió diez días después; el médico italiano que viajó a Tailandia para un congreso médico, murió en Bangkok un mes más tarde. Ya el virus se había esparcido por Singapur, Vietnam, Tailandia, Taiwán y Pekín. Comenzó a inquietar al personal médico y paramédico que el virus –aún sin nombre- era letal para ellos y que “florecía en los hospitales y se propagaba por el cielo”, en la afirmación de David Quammen. Y era así. A Pekín llega en marzo de 2003 en un vuelo que partió de Hong Kong con 120 personas a bordo. Uno de los pasajeros viajaba con una tos que no frenaba. Tres horas después de haber aterrizado el avión, 22 pasajeros y dos miembros de la tripulación iban al hospital con la misma tos del pasajero enfermo, y en pocos días 70 hospitales de Pekín estaban infectados, entre pacientes y sus visitas también unos 400 médicos y enfermeros. Entonces, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio la alerta. Primero, dijeron que se trataba de “un síndrome respiratorio agudo y grave de origen desconocido”. Días después, cuando los brotes seguían surgiendo allí y acá, le dieron nombre, SARS, y la definieron como “una neumonía atípica”, advirtiendo que era una amenaza para el mundo. La OMS tenía dos preocupaciones: por qué el virus desconocido volaba en avión y por qué era tan letal para médicos y para todo el personal sanitario.

El origen del SARS no fue Hong Kong –que sólo fue el puerto de salida internacional del virus- sino la provincia china de Cantón. Pero, sucede que en noviembre de 2002, un año antes del brote del SARS, un hombre de 46 años de Foshán, al sur de China, había presentado dificultades respiratorias y tos, infectando a su mujer, una tía y su marido, y a una sobrina. Ese mismo año, en diciembre, esta vez en una ciudad muy moderna y comercial, Shenzhen, al suroeste de China, un cocinero que laboraba en un restorán de animales salvajes, cayó con los mismos síntomas, se fue al hospital donde contagió a seis trabajadores sanitarios y a un pasante médico que le acompañaba en la ambulancia. Un pescadero de otra comunidad cantonesa, Zhongshán, llegó con los síntomas conocidos a un hospital y contagió a treinta miembros del personal. Este pescador tiene la muy desdichada distinción de haber sido el primer supercontagiador de la epidemia de SARS. El segundo, fue aquel médico que viajó de Cantón a Hong Kong a la boda de una sobrina. En las semanas siguientes continuarían surgiendo casos en distintas ciudades chinas y todos los infectados presentaban los mismos síntomas: dolor de cabeza, fiebre alta, escalofríos, dolor corporal, tos fuerte y persistente, una “neumonía atípica”, y la destrucción progresiva de los pulmones. Por demás, los médicos no sabían cómo tratar la enfermedad ni cómo enfrentar el alto nivel de mortalidad que ocasionaba. Los enfermos morían en medio de la angustia médica por no saber cómo salvar a esos pacientes contagiados. Aquel pescadero de Zhongshán lo enviaron a un hospital especializado en neumonía, y en la ambulancia terminaron por contagiarse dos médicos, dos enfermeros y el conductor. Fue en ese hospital donde se tomó por primera vez la decisión de intubar a los enfermos de esta nueva peste. La intubación resultó una medida infeliz: el pescadero infectó, con los mocos y la sangre que vertía mientras se realizaba el procedimiento, a 23 médicos y enfermeros, a 18 pacientes de otras enfermedades y a los familiares que visitaban a los mismos. El pescadero, insólitamente (el virus tiene sus misterios), a pesar de todos a los que contagió, terminó sobreviviendo. Fue apodado en los hospitales de China como Rey Veneno.

Dando “palos de ciego”, como anota Quammen, tanto la ciencia médica como la propia OMS comenzaron a darse cuenta de que estaban ante un problema grave que habría de tener repercusiones mundiales. Fue entonces cuando se vieron obligados a mover camas en los hospitales para distanciar a los contagiados de SARS del resto de la población enferma, declararon el estado de emergencia y obligaron al personal a usar batas, guantes y mascarillas N95 que, de pronto, elevaron su valor de dos a ocho dólares la unidad. Al final, el SARS-CoV-1 se extendió por más de 30 países, se contagiaron 8.492 personas, de las cuales fallecieron 916. Iniciado sin duda alguna en noviembre de 2002, el SARS pudo ser controlado en julio de 2003. O sea, sólo duró ocho meses. Fue el predecesor de la COVID-19 y el real inicio de la actual pandemia. El lector podrá comprobar cómo las características, los síntomas, el proceso de contagio y de inseguridad médica ante el brote de lo que en principio no se sabía si era virus o bacteria, así como las medidas sanitarias tomadas en el personal médico, y más tarde en la población en general con el SARS-CoV-1, fueron las mismas de la COVID-19 o SARS-CoV-2. ¿Por qué, en 17 años, ni la OMS ni la ciencia médica lograron establecer tratamientos contra esta peste, o vacunas que ahora se anuncian y mercadean a toda marcha, sobre todo cuando los especialistas advirtieron con mucha antelación que al mundo le sobrevendría una gran pandemia? ¿Acaso no es la COVID-19 el mismo SARS-CoV-1 de 2003? Son dos grandes incógnitas para las cuales este escriba ignorante y necio, busca respuestas.

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