La última voluntad

En el hemisferio occidental y cristiano el 1ro de noviembre se conmemoran todos los santos y, al día siguiente, los muertos. En algunos países de Europa como Francia y España, por ejemplo, el día de los santos es feriado, el de los muertos no. República Dominicana heredera de la tradición española y son días como todos los demás. Sabemos lo que significa en México el día de finados; en Estados Unidos el 31 de octubre se celebra Halloween, una celebración de origen céltica, día en que se disfrazan niños y adultos y que ha motivado en la industria del cine tantas películas de terror. Estados Unidos es protestante; la América española, católica. He ahí la diferencia, una diferencia que se manifiesta incluso en los ritos en torno a la muerte.

En su prefacio a La muerte en Occidente (París, Gallimard, 2000), Michel Vovelle recuerda que algunos colegas le habían hecho la observación de que su magistral trabajo sobre la muerte no tenía conclusión. Esa “falta”, según asegura el conocido historiador francés, era una manera de dejar a cada uno de sus lectores una conclusión “en función de su visión y de su relación personal con la muerte…”

Tanto Vovelle como Philippe Ariès, en El hombre ante la muerte (Paris, Editions du Seuil, 1977), llegan a la misma conclusión: la muerte es la misma desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. En realidad, ha sufrido variantes en cuanto al enfoque y a los ritos que la acompañan, según las épocas y las creencias, pero la muerte sigue siendo la misma.

Lentamente, los ritos cristianos han evolucionado en relación con las clases sociales y con el fervor religioso del finado y de sus familiares. En la tradición protestante, el rito de la muerte, desde el fallecimiento al entierro, pasando por la mortaja y la introducción en el féretro, difiere de la tradición católica. Los protestantes, por ejemplo, aceptan la cremación sin temor; los católicos, aún practicándola, guardan cierta reticencia.

Aunque los estudios de Vovelle y Ariès se refieren exclusivamente a la muerte en Europa, desde la Edad Media hasta nuestros días, la República Dominicana no escapa a ese enfoque por su fuerte relación con España y el mundo Occidental cristiano. Las grandes ciudades dominicanas han abandonado el velorio en la casa y concedido a la funeraria la categoría de última morada del difunto. Sin embargo, en todas las confesiones religiosas occidentales, la cremación sigue siendo un tabú, aunque ciertos sectores de clase media y alta lo hayan adoptado. La cremación es todavía un acto de valor frente a las arraigadas creencias católicas y supersticiosas de los dominicanos que la Iglesia no condena ni rechaza.

Además, hay que tomar en cuenta a aquellos para quienes el rito de la muerte debe ser el mismo que se les practicó a sus ancestros. Para evitar pues un entierro a la manera moderna, expresan, como última voluntad, ese rito démodé. Un deseo respetado. pues la última voluntad de un moribundo es casi palabra de evangelio.

La última voluntad actúa de manera similar a lo que el difunto considera la tradición del momento. Último deseo antes de abandonar este bajo mundo acorde a sus gustos y creencias consciente de que después no podrá expresarse. Puede imponer su “voluntad de sencillez funeraria”, así como todo lo contrario. No le importa que lo que desee se reporte a las costumbres de más de un siglo atrás ni que lo que haga sea una innovación.

Joaquín Balaguer, en guisa de ilustración, había expresado, en diversas ocasiones, el deseo de ser velado en su casa, en su lecho y fuera del féretro. Una voluntad que, aunque no sea de último momento, estaba presente en sus poemas.

Vovelle y Ariès, en sus respectivos ensayos, coinciden al decir que lo que se busca con la última voluntad es no despersonalizar el duelo. La última voluntad de Balaguer fue respetada sin que los ritos de la muerte en República Dominicana sufrieran alteración alguna. En nuestro país han cohabitado siempre las costumbres casi medievales que se practican en la zona rural, con las del siglo XIX, del XX y principios XXI, sin chocar ni generar conflictos entre ellas.

No respetar la última voluntad del finado tiene consecuencias únicamente para la conciencia del pariente que decidió hacer caso omiso de la petición póstuma del difunto. A propósito de lo que sucedería si no se respeta la última voluntad recuerdo una anécdota de Ulises Hereaux, dictador dominicano ultimado en la ciudad de Moca el 26 de julio de 1899, cuando se le preguntaba que qué pensaba del juicio de la Historia cuando muriera: “Nada, no me enteraré”.

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