Donald Trump es un síntoma, no la causa

La portada de la revista alemana “Der Spiegel” del 4 de febrero del 2017 era la del presidente Donald Trump, con la cabeza decapitada de la Estatua de la Libertad en una mano, un machete ensangrentado en la otra y una leyenda que decía “America First”. La portada de la misma revista del 7 de noviembre del 2020 es la del presidente electo Joe Biden reponiendo la cabeza decapitada de la Estatua de la Libertad y una leyenda que dice “Make America great again”.

Los alemanes conocen su historia. Durante la República de Weimar, los nacionalistas conservadores alemanes no se tomaron en serio al “antiguo cabo de la Gran Guerra”. Su temor al “socialismo y al movimiento comunista” hizo que los politiqueros prefirieran aliarse con Adolf Hitler. Pensaban que tenían en sus manos “al loco”, pero este tras devenir en Canciller, acabo haciéndose con la Presidencia y monopolizando todo el poder. Alemania era lo primero.

En aquel momento, quienes no comulgaban con su ideología eran seres despreciables. Hoy en EE.UU. cualquiera que tenga sensibilidad social es considerado socialista bolivariano. Mientras los mexicanos tienen que construir gustosamente un muro para no cruzar las fronteras, sus propias mujeres son menos que secundarias y las familias inmigrantes son separadas.

Hace 100 años Alemania era un país resentido y humillado. Un Tratado de Versalles pésimamente negociado y en condiciones de imposición, acumuló ese resentimiento. De repente aparece un redentor que promete remediarlo todo. Como señala Cassirer, el anhelo de un caudillo aparece cuando un deseo colectivo alcanza una intensidad abrumadora y se desvanece la esperanza de cumplir ese deseo por una vía ordinaria. Se abre el telón para la magia social y se inviste al caudillo con los ropajes propios del salvador del pueblo.

Ahora bien, Trump no es un Hitler ni un Fidel, ni un conservador de la talla de Reagan ni Bush padre. Es más bien es un presidente callejero, corrupto, resentido. Intenta compensar sus carencias con fraude y arrogancia. Hace que Richard Nixon parezca confiable y George W. Busch parezca brillante. Trump es producto de una sociedad con serias deficiencias educativas, incapaz de incorporar una parte de la población que quiere volver al pasado para recobrar su “grandeza” confrontada con otra que ya está viviendo en el futuro.

Montarse en la ola de crecimiento económico impulsada por Barack Obama y su “Recovery Act” fue correcto. Atribuirle, exclusivamente, a Trump el crecimiento que venía observando la economía norteamericana es ignorancia.

Las mentiras de Trump son incontables: no puede hilvanar tres palabras sin ellas. Hitler desarrolló en “Mi Lucha” toda una teoría de la mentira política, de su uso y de su inevitabilidad. Pero una vez que se desata el poder de la mentira, somos incapaces durante mucho tiempo de revocar o restringir ese poder. (Cassirer)

Estas mentiras profundizaron la división del pueblo norteamericano para aumentar el poder personal de Trump, y desmembró la cohesión e influencia de Occidente en el mundo. Así Europa, Canadá y América Latina tomaron decisiones propias para sobrevivir. Hasta entonces se había confiado en la vocación democrática de los norteamericanos para elegir lideres a los que, a su vez, se les podía confiar los valores e instituciones democráticas, incluyendo las que sostienen el sistema monetario, bancario, militar, financiero y de comercio internacional.

Canadá se vio obligada por Trump a renegociar un nuevo acuerdo (NAFTA), eso la empujó a firmar con Europa para diversificar su comercio internacional; Francia y Alemania obligadas a fortalecer su propio poderío militar, aumentar sus relaciones comerciales con China y Rusia: las políticas aislacionistas de Trump impulsaron la fragmentación de occidente, la debilidad del dólar y el fortalecimiento de China.

Los aliados naturales de la postguerra, Europa y Canadá seguirán invirtiendo y trabajando por sí mismos para disminuir el riesgo geoestratégico de que se repita la historia en la Casa Blanca. Es lo inteligente. Mientras tanto, el vacío que deja EE. UU. gracias a Trump, lo está llenando China.

Trump es el síntoma de una nación que no ha superado su guerra civil, ni las causas que le dieron origen. Una nación que se queda desnuda sin el dólar. Donde la esclavitud cambio de patrono. Hoy todos obedecen al dólar.

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