La gloria de los cien primeros días

El Gobierno tiene que entender, y pronto, que no puede vivir de la gloria de los primeros cien días. El mandato es de cuatro años y hasta ahora su desempeño es desigual.

El jefe de la manada corre bien y podría ir lejos, pero no puede decirse lo mismo de los que deben seguirlo y cubrir su distancia.

La gloria será siempre del capitán, según los conocidos versos de Federico Bermúdez, pero no tiene que ser absoluta.

Conviene que a la suya se agregue el heroísmo pequeño y cotidiano de sus soldados, que tampoco tienen que ser humildes, del montón salidos.

Ahora pudo verse la viveza de funcionarios que no tienen obra propia y que se colocaron detrás del mandatario para salir en la foto, como si fuera cosa de familia.

Esos, sin embargo, no pueden celebrar cien días propios. Comieron bizcocho… bien. Se les ve suspiro en el bigote… bien. Pero la verdadera fiesta era ajena.

Se impone por tanto una evaluación interior, que no sea mediática, pues hubo uniformados en el campo de juego que no pudieron llenar las expectativas. Batear y coger pelotas adecuadamente.

Y lo peor de todo: fueron los más gozosos.

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