Para los casi 200,000 venezolanos que hoy viven en República Dominicana las elecciones de ayer habrán sido un recordatorio de las razones que les llevaron a dejar su patria para empezar de cero en nuestro país.

El Gobierno dominicano estudia ya abrir vías que faciliten su regularización, puesto que las condiciones para conseguir cubrir los trámites que necesitan para asentarse legalmente en la República Dominicana son casi imposibles de vencer.

Venezuela, con o sin elecciones, no es una democracia. Es un país empobrecido cuyo tejido social y productivo ha sido desgarrado y aplastado por una ideología dictatorial y que despliega la incompetencia más delirante en el manejo de su economía.

Los venezolanos merecen una respuesta del continente acorde con la generosidad que siempre mostraron cuando desde otros países se necesitó refugio por problemas políticos y ayuda económica cuando se apretaba la situación.

El pueblo venezolano no merece que organizaciones supranacionales, gobiernos o instituciones internacionales pretendan, finjan creer, que las elecciones que organiza el régimen chavista de Maduro pueden considerarse democráticas.

El gobierno de Luis Abinader acierta al impulsar vías que resuelvan la situación de estos emigrantes forzados (volverían sin dudarlo a su patria si pudieran vivir allá). De la misma manera que en otros per{iodos tristes de la historia dominicana Venezuela fue refugio y sustento de miles de dominicanos, hoy toca devolver el gesto a un país al que le costará todavía salir de esa pesadilla.

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