Adriano Miguel Tejada ha partido al más allá, con prisa inusitada. En su interior, de súbito chocaron dos fuerzas intensas, cuyo trepidar aún resuena. Era lo uno o lo otro. A rajatabla.

Y, ¿qué era lo uno? La dicha simple de programar lo que quedara de su propia vida hasta llegar a su propia muerte. Y, en ese intervalo indefinido, recorrer continentes, descubrir pueblos y geografías, sentirse padre y esposo, libre de formalidades. Sentarse a escribir en la tranquilidad de su hogar lo que saliera de lo profundo de su ser y de sus fibras más sensibles, sin encomiendas formales. Acentuar el barro humano de que estaba hecho y declinar la subyugante tentación de acariciar la categoría de mito.

La firme decisión de Adriano Miguel al anunciar su retiro era la de realizar aquellos sueños acariciados en la juventud para cuya concreción sobra entusiasmo y casi siempre falta tiempo. Hubiera sido una compensación muy merecida después de una aquilatada y brillante carrera profesional al servicio del país.

Cuando ya era inminente su salida del periódico Diario Libre, algunos de los miembros del comité permanente del Templo de la Fama de la Provincia Espaillat nos reunimos con él y le tendimos una emboscada amistosa: lo convencimos de que aceptara presidir la institución por dos años. Se resistía porque temía que tal responsabilidad interfiriera en sus planes inmediatos. Era notorio que deseaba recuperar de un solo golpe las ausencias de reuniones familiares a que se vio obligado a consentir por sentido ético del cumplimiento del deber.

En ese momento nos comentó que quería completar el libro de la historia del pueblo de Moca y dedicarse con más ahínco y profundidad al estudio de la historia dominicana. Fue entonces cuando le pedí que revisara desde la perspectiva histórica mi primera novela, en fase final de preparación, y escribiera un par de páginas de presentación. Hace apenas breves días recibí sus atinadas observaciones. En cuanto a la presentación, quizás pueda escucharla cuando compartamos espacio en galaxias lejanas.

Pero, de repente surgió lo otro. El llamado radical y compulsivo a iniciar un vuelo único hacia la infinitud, hasta confundirse con los astros que tililan, brillan en el firmamento y se deslizan sigilosos en la expansión que experimenta el universo.

El señuelo era tentador. La oferta irrechazable. Consistía en la promesa de que, en ese viaje fulgurante, si existiese un Dios, un Padre, tendría la oportunidad de abrazarlo y acogerse a su misericordia plena, y si no existiera, deambular libre, sin ataduras, a velocidad de vértigo, por la inmensidad del espacio descubriendo mundos nuevos, escribiendo editoriales y aemes universales, haciendo reverberar su rica imaginación.

Conociéndote, querido Adriano Miguel, Linche, como te decían tus compueblanos rebosantes de cariño hacia ti, sospecho que lo pensaste, lo evaluaste, y al tomar la decisión final te reíste de ti mismo por el gozo de imaginar que nos sorprenderías a todos sin dar opción a la reacción de los que hoy te lloramos. Sí. Tenías razón. Lo lograste con creces. Elegiste un cierre maestro para tu grandiosa vida y para tu recordación eterna.

Lo acontecido se asemeja a un arrebato de locura. Una travesura imperdonable de quién premió a tantos con su jovialidad, jocosidad, espontaneidad, encanto: marcharse sin que nadie lo esperara, sin portar ni siquiera una muda de equipaje, impropio de su proverbial cordura.

Hoy nos arropa una profunda tristeza. Hubiéramos querido despedirlo con un fuerte abrazo agradecido. Los humanos somos todos iguales, pero existen medidas diferentes para contener la grandeza del espíritu. La suya era infinita. En su alma ancha de escritor cabían amores y desamores; dicha y pesadumbre; optimismo y pesimismo; humor y rabia; grandeza y pequeñez. Todo lo aquilataba y lo transformaba en servicio cálido, cordial, a sus semejantes.

Aterra y conmueve el vacío que sentimos al saber que no estará más con nosotros, nutriéndonos con su sabiduría, talento, talante, sensatez, orientaciones, humanidad. Le echaremos de menos. Nada podrá ser igual a como fue antes de su partida.

¡Oh, pena inmensa! Adriano Miguel Tejada Escoboza, Linche, ya dejarás de estar. El soplo vital que te movía se ha ido, de puntillas. Ahora tendremos que abrazarnos a algo indestructible, eterno: tu enorme y diverso legado. A través de él vivirás y serás recordado. Fuiste uno de los grandes que ha parido nuestro pueblo. Honor y reverencia, hermano del alma. Prodigaste la amistad y el buen ejemplo. Gracias por todo lo que hiciste. Que encuentres el descanso eterno en paz. Sea.

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