No es casualidad que el mismo día que estalla otro escándalo de corrupción, esta vez en el campo de las empresas de electricidad, se publicara que aumentan los índices de inequidad social y de género. Son datos del Índice de Desarrollo Humano que no incluyen todavía los relativos al año de la pandemia.

La corrupción enriquece a unos pocos mientras empobrece a todos los demás. Y esto es medible.

¿Cuánto dinero es suficiente? Obviemos por un momento los temas éticos… ¿cómo es que no pueden parar en un nivel en el que ya son supermillonarios en dólares? ¿Cuánto dinero se puede robar, desfalcar, desviar antes de perder definitivamente la perspectiva, enajenarse de la realidad? Las cifras que se manejan ya no son explicables desde la angurria o el robo o la corrupción más sofisticada. Son una verdadera demencia.

Volviendo al informe presentado por el PNUD, avanzamos un puesto en desarrollo pero retrocedemos en equidad social porque dados los niveles de dinero que se esfuman no puede ser de otra manera. Y porque los pequeños robos sumados… probablemente sean una cantidad mayor que la que nos deslumbran de los grandes casos.

Estamos en un punto de inflexión en muchas facetas de la vida. La pandemia ha cambiado muchas cosas. No nos hará mejores (me excusan los optimistas) pero sí estamos más preocupados y si la corrupción antes no aparecía en las encuestas en los primeros puestos de temas que preocupan a la población, ahora resulta intolerable.

¿Por qué nos enteramos por la prensa del caso de las Edes y no porque la Procuraduria esté armando el caso? Esa es otra cuestión…

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