Las implicaciones de la salida de Plutarco Arias

Este gobierno está sustentado en intentar suplir dos grandes necesidades nacionales, las cuales movilizaron el país en todo el territorio nacional a partir de enero de 2017, y lo conmovieron a partir de marzo de 2020. Una estructural y otra coyuntural, estas son:

– La lucha contra la corrupción y la impunidad.

– La gestión eficiente de la crisis provocada por la pandemia.

Lo que garantiza el éxito de esta administración es y será hacer todo lo posible para que esas dos necesidades sean satisfechas, sin puritanismo, pero sí con dignidad, eficiencia y auténtico régimen de consecuencias. A estos fines, no puede permitir que nadie le arrebate estas banderas, debe convertir ambas aspiraciones en los dos grandes relatos de esta administración y de la vida pública nacional.

A su vez, la imperiosa necesidad de una gestión eficiente de la crisis despierta el otro gran interés colectivo: la capacidad de una gerencia de gobierno que nos lleve a un nuevo crecimiento económico, la prosperidad y el desarrollo inclusivo. Tal como expresé en la televisión nacional el 27 de febrero, estos relatos se vieron reflejados claramente en el discurso del presidente Luis Abinader, acompañados de dos líneas maestras a lo largo de su exposición: transparencia y cambios institucionales.

Por eso, su buena acogida por gran parte de la ciudadanía.

Horas antes de ese discurso, fue cancelado, por decreto, el ministro de Salud Pública de nuestro país, el doctor Plutarco Arias. Profesional de prestigio de Santiago de los Caballeros. Su salida pudo haber sido por temas de deficiencias gerenciales o carencias en la gestión de la crisis, lo cual, en modo alguno, ponen en tela de juicio sus calificaciones. No hay gestión de crisis perfecta, solo hay gestión de crisis más eficiente o menos eficiente.

Aparentemente, no han sido esas las causas, es el propio Arias quien afirmó a su salida: “…diversos sectores interesados en repartirse el presupuesto del Ministerio de Salud han desatado una andanada de mentiras, críticas, extorsiones y chantajes, con la finalidad de distorsionar mi labor esforzada, recta y transparente en la conducción del Ministerio…”.

Hablemos claro, un funcionario público, exministro de Salud Pública, en medio de una pandemia, fue destituido por decreto presidencial, y a su salida, hizo una denuncia que pone en tela de juicio la legalidad, la legitimidad y la transparencia de la administración pública. Eso debe investigarse. El exministro utilizó las palabras extorsión y chantaje para alcanzar el objetivo de repartirse el presupuesto nacional.

Estos son delitos tipificados en el Código Penal de la República Dominicana. Lo cual, atenta contra la autoridad moral, legal y política de la actual administración.

Y repito, cuidado con el puritanismo, en una versión que prefiero llamar “honestismo”. El puritanismo y el “honestismo” es un intento cuasi religioso de igualar la justicia al pecado. Y cuando la justicia es sinónimo de pecado, la venganza es sinónimo de justicia.

Por ese camino se iguala el ideal democrático con los dogmas de las religiones. Desde esa mirada, no vemos ciudadanos corruptos y corruptores, sino pecadores. En ese contexto, vemos la justicia únicamente como el castigo que recae sobre los otros, una nueva inquisición contra los infieles y no como la restauración corresponsable y cívica de la conducta ética que merecemos todos.

El sacerdote y maestro jesuita Jorge Cela (EPD) nos propuso entrar el amor a la política. Y amar desde el servicio público es promover ciudadanía, dentro y fuera del gobierno, para construir una cultura institucional y un poder público que juzgue sin culpables preferidos y sancione sin odios. “Estamos hablando de una responsabilidad política, de un elemento fundamental para construir la fraternidad e inclusión social que pueda ayudarnos a superar la fragmentación de la sociedad en que vivimos…”.

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