La vacuna no tiene nacionalidad

Dosis de la vacuna Johnson & Johnson contra la covid-19 distribuida en Sudáfrica.
Dosis de la vacuna Johnson & Johnson contra la covid-19 distribuida en Sudáfrica.PHILL MAGAKOE / AFP

Los Gobiernos europeos están desbordados por la expansión de la pandemia. Un año después de las primeras medidas de confinamiento, los resultados de las estrategias elegidas son francamente decepcionantes, tanto por la incapacidad global de enfrentar las nuevas variantes del virus como por no cubrir las necesidades sanitarias de cada país.

La desconfianza en las autoridades políticas nacionales y europeas crece de modo peligroso por doquier, a medida en que se suceden e improvisan respuestas aleatorias. Mientras tanto, la Comisión de Bruselas, fiel guardián de la política comercial europea, ha elegido, a dedo, comprar vacunas solo a grandes grupos farmacéuticos europeos (Pfizer, AstraZeneca), y norteamericanos (Johnson & Johnson), cuyos intereses son también mundiales. De ahí los retrasos en el abastecimiento que juegan con la salud de la ciudadanía, y, en muchas ocasiones, con su vida.

Como era previsible, el caos aumenta la hipersensibilidad de los Estados, sometidos a la angustia de la opinión pública cuando surgen algunas anomalías: las dudas y la paralización temporal de la vacuna AstraZeneca han sido devastadoras, cuando ya más de 20 millones de británicos la habían recibido. Por su parte, la Agencia Europea del Medicamento se demora en aprobar vacunas de otros orígenes (chino y ruso), en nombre de un principio de precaución que parece detenerse ahora en las nacionalidades del remedio sanitario. Como telón de fondo, la economía europea sufre daños irreversibles en muy variados sectores; un año más de crisis resultará socialmente destructor para todos los países europeos.

Se explica, por lo tanto, que algunos Estados hayan decidido romper la férrea disciplina europea: Dinamarca y Austria compran directamente a Israel (que ha gestionado bien la pandemia), Alemania, siguiendo el ejemplo de Hungría, propone inocularse ahora la vacuna rusa (Sputnik V). Este “policentrismo” sanitario, sin embargo, pronto ha sido matizado por el riesgo de minar la confianza en las leyes del mercado interior europeo: los jefes de Estado ya han acordado, el 25 de marzo, volver a exigir a las farmacéuticas europeas más esfuerzos en el abastecimiento y, sobre todo, controlar las exportaciones de las vacunas, privilegiando a los 425 millones de europeos.

Eso no impedirá que sigamos amenazados por la descoordinación, confusión, lentitud y relación tóxica con el Reino Unido. No sorprende, pues, el retorno a decisiones nacionales unilaterales cuando, más que nunca, precisamos de una acción europea rotunda y solidaria. Hay que decirlo claramente: la Comisión debe comprar las vacunas que hagan falta, sean europeas, rusas o chinas. Porque solo cuenta la salud de la población, que depende de la vacunación de la gran mayoría. Es la única manera de salir de esta pandemia. Y es una carrera contrarreloj, no un pulso de intereses de multinacionales. En Latinoamérica, Asia o África, se utilizan todas las vacunas, y los resultados están contrastados según los criterios de la tecnología científica. A las puertas de España, Marruecos está inmunizando masivamente con éxito. La lección es sencilla: la vacuna no tiene nacionalidad.

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