Por favor, no matemos al mensajero

“…las escuelas, los sistemas y los países terminan con los maestros que se merecen. Es realmente una cuestión de cuánto apoya y valora cada sociedad a sus maestros, y qué hace para construir y desarrollar la profesión docente”. Andy Hargreaves y Michael Fullan

Cuenta Plutarco, en Vidas Paralelas, que el Rey de Armenia, Tigranes, ante el eventual ataque de las tropas romanas comandadas por Lúculo, le cortó la cabeza al primer mensajero que le anunció esta infausta noticia. Diversos autores se han valido de la idea detrás de esta anécdota: que la ira del que recibe una mala noticia, en muchas ocasiones, la descarga contra el mensajero que la informa, no contra quien es su autor, para expresarla y transmitirla de múltiples formas.

En el escenario educativo dominicano estamos viviendo una experiencia, con el debate que se ha producido en torno a la aplicación de la Ordenanza 09-15, que nos lleva a formular el consejo, extraído de lo narrado por Plutarco: no matemos al mensajero. Se han esgrimido múltiples razones para oponerse a la aplicación de esta ordenanza. Vamos a referirnos a uno de los aspectos de la ordenanza objetados: la aplicación de las pruebas de admisión como requisito de ingreso a estudiar la carrera de educación. Algunas de las objeciones a estas pruebas nos hacen evocar el pasaje citado, de la obra de Plutarco, porque los resultados de las pruebas nos dan la lamentable noticia de los bajos niveles de aprendizaje que muestran nuestros bachilleres, luego de doce años de estudios primarios y secundarios. Algunos argumentos, relacionados a otros aspectos de la ordenanza, que también han sido esgrimidos, los analizaremos posteriormente.

La ordenanza establece la puesta en práctica de mecanismos que garanticen que los estudiantes que aspiren a ingresar a la carrera de educación tengan competencias mínimas en el dominio de determinados contenidos y de habilidades específicas, que les permitan realizar, con altas probabilidades de éxito, estudios universitarios que los formen como profesionales con el perfil requerido para desempeñarse como maestros en los niveles no universitarios del sistema de educación del país, en los cuales ellos ejercerán su profesión.

Las pruebas que se seleccionaron para medir estos requerimientos, como toda prueba, deberán ser sometidas, perma- nentemente, a investigación, para determinar si nos garantizan o no los resultados pretendidos. De igual manera, sus resultados tienen múltiples formas en los que se pueden utilizar para lograr el objetivo esperado. Toda opción siempre es pasible de ser cuestionada. Lo importante es establecer mecanismos de monitoreo y evaluación que permitan su mejora permanente, siguiendo los protocolos profesionales establecidos y reconocidos, para hacer estas revisiones.

¿Cuándo hacer la mejora y cómo hacerla? Esto es materia de análisis de los especialistas en diseño y validación de este tipo de instrumentos de medición. A ellos les corresponder establecer, profesionalmente, los criterios de evaluación que sean necesarios. Monitorear y evaluar las pruebas, no sólo es necesario, sino obligatorio. Coincido con quienes expresan esta necesidad. Sin embargo, muchos de los planteamientos no son formulados en estos términos; a éstos últimos van dirigidas estas reflexiones.

El requerimiento de pruebas de admisión consignado en la ordenanza se estableció por diversas causas. Primero, la demostrada ineficacia de la escuela dominicana para lograr que los estudiantes egresen de sus aulas con las competencias mínimas establecidas en el currículo de primaria y de media. Segundo, la pobre formación de los egresados de la carrera de educación, demostrada en el bajo porcentaje que logra aprobar las pruebas que tienen que presentar para ingresar como maestros en el sistema público. Solo 1 de cada 4, en promedio, logra pasar. Esto evidencia que actualmente la sociedad dominicana tiene que financiar estudios universitarios a 100 estudiantes, durante por lo menos 4 años de su vida, para tener 25 profesores con las competencias mínimas para ejercer como maestros, en el sistema educativo.

De los egresados que ingresan al sector público, cuando varios años después se evalúa su desempeño, se constata que, apenas 2.9% tienen el nivel considerado como excelente o destacado, un 23.9% como muy bien o competente y 73.2% sólo logra demostrar un desempeño básico o insatisfactorio.

Hace muchos años que las universidades han estado manifestando que parte del problema para elevar el nivel académico en sus instituciones, es la mala preparación que traen los bachilleres que ingresan a esas academias de altos estudios. Las pruebas nacionales e internacionales han documentado fehacientemente ese hecho.

Ante esta realidad ¿qué resultados esperábamos al aplicar las pruebas de ingreso para estudiar la carrera de educación? Los resultados que las pruebas de admisión aplicadas a los bachilleres que aspiran estudiar educación son congruentes con los resultados que desde hace años nos vienen dando las pruebas nacionales, con los resultados de las pruebas de admisión que varias universidades aplican para el ingreso a sus diferentes carreras, con los estudios realizados, con los estudiantes de nuevo ingreso, desde hace años por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que la llevó a instituir un propedéutico, el famoso Colegio Universitario, con las recientes pruebas PISA y con la opinión de los departamentos de recursos humanos de las empresas e instituciones que evalúan bachilleres para reclutarlos como empleados. Todos arrojan el mismo resultado. En consecuencia, los resultados obtenidos en las pruebas de admisión a la carrera de educación fueron los que teníamos que esperar.

Por otro lado, las investigaciones internacionales y nacionales nos dicen, de manera unánime, que si queremos superar esa situación de falta de aprendizaje de los estudiantes que transitan a lo largo del sistema educativo que tenemos estructurado, una condición necesaria e imprescindible, aunque no suficiente, es la de contar con un equipo profesoral, en cada escuela, que tenga el más alto nivel profesional posible, en cuanto al dominio de los contenidos a ser transmitidos, así como de las competencias pedagógicas para diseñar y elaborar las estrategias de enseñanza que den como resultado los aprendizajes esperados de nuestros estudiantes.

Los resultados de las pruebas de admisión aplicadas nos transmitieron el mensaje de una realidad que todos conocemos y que, por diferentes vías, nos llega: los pobres aprendizajes de los niños y jóvenes en las escuelas de los niveles no universitarios. Lo que han hecho estas pruebas es repetirnos y ratificarnos esa realidad conocida. Con la diferencia, que ahora estos resultados tienen consecuencias, la imposibilidad de cursar la carrera de educación si no demuestran las competencias mínimas requeridas.

Según el parecer de algunos, sin embargo, esta prueba es la que ha impedido que muchos jóvenes ingresen a estudiar educación. El mensajero es el culpable. No el mensaje y quien lo creó.

Y, como Tigranes en la historia transmitida por Plutarco, la reacción es cortarle la cabeza al mensajero (las pruebas de admisión), cuando el verdadero problema es la mala formación que nuestros niños y jóvenes están recibiendo en nuestras escuelas primarias y secundarias. Nuestra preocupación debería ser, cómo lograr que en el futuro reciban una educación de más calidad. Y, parte de la solución, es tener en estos niveles del sistema educativo, profesores con una preparación más sólida y de más calidad. Las pruebas de admisión no son una panacea, pero pueden ayudar. No le volemos la cabeza, no matemos al mensajero.

Es posible que a los aspirantes que vengan de ambientes de mayor vulnerabilidad, les vaya peor en las pruebas. Pero la discriminación no la hace la prueba, la discriminación la ha hecho el sistema educativo que ha tenido a estos jóvenes durante doce años y no ha logrado que ellos egresen con el perfil que la escuela estaba obligada a desarrollarles. Para resarcir esta falta de la escuela, lo que por equidad hay que hacer, no volvamos a sacrificar y discriminar a nuestros jóvenes haciendo que cursen una carrera sin estar preparados para ello. Lo que se requiere es apoyarles con programas de reforzamiento que les proporcionen lo que la escuela, por diferentes motivos, no logró. Ese es el verdadero acto de justicia y de equidad.

La República Dominicana es un país subdesarrollado y pobre, no se puede dar el lujo de tener un sistema educativo mediocre. Ese es el mayor desperdicio de dinero y el mayor acto de injusticia y de discriminación con los sectores más desfavorecidos: ofrecerles una educación de baja calidad que los mantendrá permanentemente en situación de desventaja social. La constitución exige que le garanticemos a todos una educación de calidad, no cualquier educación. Es un mandato constitucional.

Por favor, no matemos al “mensajero”. El ministro, por ahora, les ha salvado la cabeza a las pruebas de admisiones previstas en la Ordenanza 09-15. Pero todavía hay, como en el juicio a Jesús, quienes claman para que suelten a Barrabás y crucifiquen a Jesús. Hagámosles un buen análisis clínico a las pruebas, quizás debamos hacerles una cirugía, para embellecerlas y hacerlas más eficaces, no para cortarles la cabeza.

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