El espejo estaba ahí, ni empañado ni roto, para verse y no salir a la calle desfachatado: Colombia primero, México después.

En esos países la política no se explica sin el narcotráfico, como en épocas anteriores sin ilícitos diversos.

Lo de Colombia se estableció pronto y sin dar mucha vuelta. Los ricos financiaban la política, las candidaturas y llegó un momento en que los capos y los carteles tenían más dinero que los hacendados y los industriales.

Nadie duda de que aquí las drogas no solo conforman un imperio, sino que echaron raíces y afectan todo el ordenamiento nacional.

El político fue primero al narco, y sacó ventajas de su riqueza e imbatible en sus aspiraciones. El trato contagió, como la pandemia sin mascarilla. Entonces el narco se asumió político.

Aunque la falsía no queda fuera.

Gente desgarrándose las vestiduras, como si la ocurrencia fuera nueva, de nunca antes. Esa realidad es vieja y se repite y con tiempo se vio venir.

Desde que la política se puso cara y empezó a pagar las agrias, el dinero llamado sucio aprovechó la oportunidad y sentó reales.

¿Para qué financiarte, si puedo postularme ? Dijo uno, y se armó el coro.

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