“Zacarías tenía plan que iba a ser grande desde chiquito”

El “persistente” sería un calificativo que le va a la par a Zacarías Bonnat. Quizás el “guerrero”. Cualquiera de los dos vienen bien.

Su padre, Daniel Bonnat, quien se oponía en principio a que el hoy medallista de plata en levantamiento de pesas en los Juegos Olímpicos de Tokio, se dedicara a ese deporte (no por esa disciplina en sí) tuvo claro que su hijo tenía propósitos firmes en su vida.

“Zacarías tenía plan que iba a ser grande desde chiquito”, dijo el progenitor, del segundo de tres hermanos, junto a su esposa María Rosa Michel, quienes procrearon también a Esther y Gedeón.

El más pequeño de los tres, Gedeón, era inquieto y de niño quería trabajar en una construcción.

Al observar esa conducta del más pequeño, Daniel tenía algunas advertencias para el pesista.

“Yo le decía, limpia el patio tan siquiera. Tú vas a ser el empleado de Gedeón”.

Un clarividente Zacarías para su edad, tenía respuesta para su padre: “¿Y por qué usted no dice que voy a tener mi casa grande y mi yipeta”, le dijo el joven. “Y ahí me callé”, agregó el padre mientras se pasaba el pulgar por su boca en señal de silencio.

Gedeón corrobora lo pertinaz en el espíritu del primer medallista en pesas.

El menor de los Bonnat llegó a cinturón negro en karate. Pero desistió en el camino.

Y Zacarías continuó.

“Yo perdí la lucha en el camino, por eso digo de Zacarías, que es persistente y el que logra el sueño es el que lo persigue. No he visto una persona con la persistencia de Zacarías. Tiene mucho tiempo luchando tras el sueño”.

“Agradecemos a Dios que me ha dado la oportunidad de que Zacarías gane. Cuando se puso la medalla, lloré, lloré”.

Es que el atleta anhelaba un podio olímpico.

“Lo que más admiro de él es su sencillez y estar centrado”, dice Esther.

“Zacarías está centrado, no sigue a otro, sino que va tras lo que quiere. Otros atletas le sirven de inspiración, pero él no se queda ahí, quiere lograr más”.

La familia reside en una vivienda propia en la calle San Antonio, del Barrio Suizo (Monte Plata) donde sus padres se establecieron en este municipio.

Luego se van a Bayaguana, donde nacen Gedeón y Zacarías y ahí conoce las pesas, con su entrenador Daniel Vivieca.

“Esperaba la medalla. Ya Dios me lo había mostrado en sueño”, señala Vivieca.

La discriminación

En el camino el llanto por la discriminación racial ha estado presente en la trayectoria, no solo de Zacarías, sino de los tres.

“Yo lo he visto llorar y no es el tipo de persona de llorar, dice sobre Zacarías.

“Nosotros como dominicanos de ascendencia haitiana, merecemos desarrollar nuestros conoci- mientos. Nuestra juventud debe de romper con ese paradigma”, dice Gedeón.

“El mundo es una mezcla”, dice Daniel.

“Esto si yo soy haitiano, que si estoy en este país o en otro, no quita nada, porque muchos dominicanos están en distintos países. Es una mezcla en el mundo entero”.

Esther, la hija de la pareja aporta también al tema y afirma: “Muchos te señalan sin conocer tu historia. Sin entender que no elegiste ser dominicano de ascendencia hatiana. Fue algo que te tocó a ti”, señaló Esther.

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