Lamentable estado de los baños de las escuelas públicas

Crecí en un régimen de acoso policial. Mi padre fue un opositor rabioso al balaguerismo de los doce años. No pocas veces tuvo que pernoctar fuera de casa y buscar refugios clandestinos. Los apresamientos disuasivos fueron eventos habituales en su vida. Eran tiempos insurrectos y la juventud se resistía de mil maneras a la fuerza del despotismo. Una de ellas era el muro urbano, que se convirtió en un lienzo de cemento para estampar la rabia social.

 “Balaguer Asesino” fue el grafiti icónico en contra de sus primeros gobiernos. Yo tenía diez años y recuerdo como hoy el frío metálico que tal lema producía en mis intestinos.  Con trazos apresurados, esa frase aparecía en cualquier recodo: en las paredes de los liceos, en los edificios públicos, en las casas, en los puentes y en los muros de los solares abandonados. Recuerdo vívidamente otros “mensajes antisistema”, muy propios del fermento subversivo que incitaba la época: “Fuera Yanquis”, “Revolución o Muerte”, “Libertad para los presos políticos”. 

Los baños públicos fueron retablos del espíritu autoexpresivo de los 70. Sus paredes interiores sirvieron como murales para proclamas y denuncias anónimas. Entre condenas a los actos represivos, aparecían inscritos los nombres de los “calieses” (delatores del régimen), las queridas de los militares, los desertores del izquierdismo y los tránsfugas políticos.   

El advenimiento de la democracia no fue razón para que el dominicano abandonara el miedo a ser juzgado por sus juicios. Todavía hoy la autocensura sigue acobardando la crítica y prevalece la reticencia para hablar de temas militares u ocuparse de la vida privada de políticos, nobles y clérigos. 

A diferencia de otras sociedades, como la española y la de Europa Oriental, que se decantaron por un liberalismo extremo después de pasar por regímenes totalitarios, la nuestra se mantuvo apegada a ideas y tradiciones conservadoras. El baño público cambió entonces el libreto. Las condenas al sistema político fueron suplantadas por consignas en contra de los atavismos culturales. Las paredes se ensuciaron de irreverencias a los patrones de vida. Las sátiras a los tabúes sexuales ocuparon el relato expresivo hasta nuestros días, en los que el “grafiti sanitario” perdió espacio y uso.  

Con la clausura de los doce años, el “Balaguer Asesino” fue destronado por otro lema: “Toto”. Era imposible no leerlo en un baño público, al menos de los hombres.  Entre dominicanos, cubanos y puertorriqueños, el vocablo alude a la vulva. Su invocación gráfica fue obsesiva. No conozco una investigación que explique la sociología del “toto” como motivo autoexpresivo del anonimato, una propensión compulsiva que dominó el morbo clandestino de varias generaciones.  Pienso que era una manera del muchacho estrenarse en el lenguaje sexual, reprimido por una “urbanidad” de rígidas apariencias. Y, ciertamente, como apunta el sociólogo colombiano Cristian Uribe, el primer propósito del grafiti es “controvertir las percepciones socialmente instituidas” (El arte urbano y la producción de sentidos juveniles, 2011). 

El “toto” no solo fue una exclamación del adolescente al tabú de la sexualidad convencional, fue una manera de autoconfirmarse en su identidad por los apremios sociales que le demandaban una temprana e inequívoca virilidad. Un amigo y profesor de francés, Guido Llenas, me confesó en cierta ocasión que haber escrito por primera vez esa palabra en el baño de su escuela fue una experiencia parecida a la de perder la virginidad. La sensación fue intensamente liberadora, según su testimonio, pero igualmente perturbadora. 

El baño universitario tiene su historia.  En mis tiempos de estudiante, y luego de docente, sus paredes eran una sola crónica de sátira social. La temática del de los hombres era el morbo sexual en forma de chistes, caricaturas y parodias.  Un tópico igualmente recurrente eran las bondades relajantes de la defecación. Los mensajes que aludían a ese íntimo acto no podían ser más creativas. También las paredes servían como patíbulo para condenar sin juicio a los profesores arbitrarios, a quienes se les imputaba toda clase de manías, incluyendo “regalarles” notas de “A” a las estudiantes que asistían con frecuencia a sus tutorías.  

Las muchachas fueron más crueles. Sus relatos no eran impersonales o abstractos como los de los muchachos. No. Eran directos, crudos y mordaces. Tenían nombres, apellidos y matrículas. De ordinario respondían a porfías por los mismos pretendidos. Muchos de sus mensajes eran para dejar la duda y alimentar así los prejuicios: “Jenny, no prive tanto, que lo tuyo lo sabe todo el mundo”. 

Por otro lado, el baño ha sido igualmente un implícito medidor de la calidad de los servicios públicos. Sus condiciones materiales y de aseo reflejan la visión, organización y eficiencia de la institución. Hace veinte años los de las oficinas públicas eran verdaderos antros: ruinosos, mugrientos, sin servicio de agua ni mantenimiento. La fetidez fecal se expandía a leguas.  La mayoría estaban clausurados.  Con el remozamiento de las instalaciones y la modernización de los procesos en la Administración pública sucedieron dos eventos revolucionarios: el gobierno electrónico y el rescate de la “dignidad sanitaria”. Para mí son hitos equiparables. 

Visitar el baño de la DGII, el Banco Central o el Ministerio de Hacienda, por ejemplo, es sentirse valorado en la dignidad ciudadana. Todavía no salgo del estupor, pero la pasada semana entré al baño del Palacio de Justicia de Puerto Plata. Tuve que contener el grito, pero ¡tenía agua, jabón líquido y papel de baño! Ni la reforma de la Justicia del 1997 me causó tan sorpresivo agrado.

En uno de mis arranques de necedad visité algunas escuelas públicas de distritos escolares del municipio de Santiago, donde vivo. Lo hice porque todavía me aturde la idea de que el Estado destine tanto dinero a una educación sin estrategias ni planes troncales a largo plazo. Pensé que al menos la inversión en centros escolares mejoraría la experiencia de la enseñanza y el aprendizaje. Entré primero a los baños y, en algunos casos, fue suficiente. Lo que vi es inenarrable. En escuelas con apenas tres o cuatro años de construidas, faltaban las cerraduras de las puertas, así como las placas de accionamiento, los flotadores, las tapas, los tiradores y hasta los sifones de los inodoros. En la mayoría no había agua; en otras, era almacenada en una barrica. Obvio, no había jabón ni papel. Esos utensilios no son provistos. Considerar esas carencias para una media de trescientos usuarios por plantel es una callada tragedia.

Un baño sano, aseado y abastecido es un derecho. El respeto a la dignidad del servidor y del usuario público debe empezar por un entorno higiénico, limpio y seguro. Para mí, el servicio público es más o menos lo que digan sus baños. Se trata de una atención primaria a necesidades tan indispensables como la propia prestación. Hablamos de salud ambiental y no de mierda.

Abogado, académico, ensayista, novelista y editor.

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