Poeta Tomás Hernández Franco y el samán de Tamboril

El Banco Central realizó en 1999 una loable labor de difusión cultural al reunir en siete tomos todos los números publicados de los Cuadernos Dominicanos de Cultura, revista literaria cuyo primer número vio la luz pública en septiembre de 1943, y en la cual publicaban sus trabajos (poemas, ensayos, cuentos y obras teatrales) los más destacados representantes de la intelectualidad dominicana de la época.

El consejo de dirección de esa prestigiosa publicación estaba compuesto por Pedro René Contín Aybar, Rafael Díaz Niese, Héctor Inchaustegui Cabral, Emilio Rodríguez Demorizi, Tomás Hernández Franco y Vicente Tolentino Rojas.

En el tomo primero, cuaderno #7, pág. 529, aparece un singular poema titulado Al samán de Tamboril, de afectivo tono y telúrico aliento, en el cual su autor, Gabriel Silveira Leal, eleva un canto de amor al árbol tradicional del pueblo de Tamboril.

Interesado en obtener información acerca del poeta antes citado, consulté las más diversas fuentes; pero en ninguna logré encontrar el dato deseado. Como último recurso se me ocurrió consultar al doctor Mariano Lebrón Saviñón (1922-2014), poeta, médico, ensayista, humanista, y quien fuera uno de los colaboradores distinguidos de los referidos Cuadernos.

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Infografía

Samanes históricos de Tamboril. Foto tomada por Tomás H. Franco en marzo 1944. (FUENTE EXTERNA)

¿Quién fue Gabriel Silveira Leal?, pregunté a don Mariano, exdirector de la Academia Dominicana de la Lengua y miembro prominente de la Poesía Sorprendida.

«Silveira Leal jamás existió como persona  me respondió de manera enfática. Su nombre – aclara el Premio Nacional de Literatura (1999) – más bien se trató de un seudónimo extrañamente utilizado por Tomás (Tomás Hernández Franco – 1904 – 1952) para firmar algunas de sus composiciones poéticas. Tomás amaba entrañablemente a su pueblo, Tamboril y, en tal virtud, nos parece sumamente extraño que no identificara con su nombre la autoría de un poema de tan profunda raigambre tamborileña»

Y en cuanto al poema que nos ocupa, Al samán de Tamboril, cuya versión completa aparece al pie de estas notas, Lebrón Saviñón apunta lo siguiente:

«Contín Aybar lo declamaba con mucha frecuencia, le gustaba mucho y fue quien lo presentó a la dirección de los Cuadernos para fines de publicación»

En la explanada frontal de la casa del autor de Yelidá, en Tamboril, estaba plantado el famoso árbol que tanto veneraron y que tan gratos recuerdos les trae a todos los habitantes de la llamada «Pajiza Aldea» que hoy superan los ochenta años de vida. A continuación, el texto completo del comentado poema que en la revista ya citada aparece ilustrado con una foto del árbol que lo inspiró:

AL SAMÁN DE TAMBORIL

«No es sino un gran árbol que ha perdido su follaje. Desde mi habitación lo contemplo y envío mis recuerdos a cantarle corros en redor. Este árbol es mi infancia. Este árbol es mi vida. A través de mis andanzas por el mundo ha sido punto de apoyo entre la realidad y el ensueño, entre la tristeza y la paz. Es mi hermano mayor, mi hermano de ambiente, diría, pues, hemos bebido juntos sol, viento y luna y lluvia.

Está en medio del poblado, en la explanada que aísla mi casa de las demás, y donde por el día vienen a jugar los niños al salir de la escuela, y en las noches es asilo de los sueños de los enamorados y bahía donde solitarios anclan meditaciones y esperanzas.

Es un bello samán, de lucientes hojas, que de repente se han ido a volar, como mis pensamientos.

La vida del pueblo discurre a su vera. Es un patriarca, señero y grave, con austero silencio y ternura umbrosa, corazón de perfume y auras llenas de melodía.

De pequeño, una bala, en una de nuestras revueltas civiles, le hendió el entonces débil tronco. Mi padre, con tierra, grama y flejes, le hizo un vendaje. Ahora la herida no es sino esa gran cicatriz donde algunas veces hace nido un ave y otras, cuelgan su panal las abejas. Yo escondí en ella mis tesoros juveniles, fue mi alcancía, y hoy, ya cansado, con polvos de caminos rápida y largamente recorridos empañándome los ojos, vengo a sonarla en busca de mis haberes, porque ardido de fatigas terrenales, quiero un balance de olvido y de sombras para fabricarme un sueño.

¡Viejo samán de mi pueblo, amigo, hermano, yo te saludo! Los niños que te cercan ya pueden ser mis hijos y aún cantan los versos que aromaron mi infancia. Y aquel viejo, taciturno, que descansa el ala de tus pensamientos en tus desnudas ramas, antes de echarlos a andar mundo arriba, mundo abajo, puedo ser yo.

Esperaré al recrecer de tu follaje. Atisbaré la canción de tus venas. Creeré que me nacen, como a ti, renuevos primaverales. Sorprenderé en las pequeñas cosas el vibrar solemne de la vida. Partiré mi pan de esperanzas, y de mi mano comerán sus migajas las volanderas brisas. A otros viajes alimento darán y hasta la muerte, tu noble figura amable presidirá mi existencia.»

Gabriel Silveira Leal

(Marzo, 1944)

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura

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