El intercambio de presos entre Moscú y Kiev aumenta las críticas internas a Putin

El presidente Vladímir Putin ha logrado enfadar estos días a tres grandes sectores de la sociedad rusa: los opositores liberales, los ultranacionalistas y la gran masa de indiferentes, aquellos que preferían no meterse en política y ahora ven más cerca su alistamiento en la guerra de Ucrania. La orden del presidente de reclutar a cientos de miles de ciudadanos en su cruzada para lo que llama “desnazificar” su país vecino provocó protestas en todo el país y una estampida en fronteras y aeropuertos. Pero horas después enfureció a los defensores de la guerra al intercambiar a los demonizados combatientes del batallón Azov por un oligarca ucranio, Víktor Medvedchuk, de cuya hija es padrino el mandatario. El hecho de que los militares ucranios rendidos en la acería de Mariupol fueran uno de sus principales trofeos en esta guerra alimenta esta frustración. El presidente checheno, Ramzán Kadírov, fue el que más alto alzó su voz: dijo estar “extremadamente insatisfecho” con el intercambio.

“No tengo autoridad para hacer comentarios”, fue la única respuesta ofrecida este jueves por el portavoz del presidente, Dmitri Peskov, a una de las grandes preguntas del día, el intercambio del empresario y 55 soldados rusos por 200 ucranios del batallón más odiado por la narrativa que ha desplegado el Gobierno ruso en estos meses de guerra. Aquellos combatientes coparon las portadas e informativos de los medios del Kremlin durante meses y su unidad fue declarada organización terrorista por el Tribunal Supremo en agosto. Según Moscú, habían detenido a algunos de los principales cabecillas nazis del país, su teórico objetivo número uno.

Peskov también declinó pronunciarse sobre la negociación por Medvedchuk, íntimo amigo de Putin y líder del partido ucranio prorruso Plataforma de Oposición por la Vida. El oligarca había escapado de su arresto domiciliario dos días después de comenzar la guerra, el pasado 24 febrero, pero fue arrestado al tratar de escapar del país.

El silencio del portavoz de Putin contrastó con la distancia que mantuvo hasta ahora. “Sobre el intercambio del que hablan con tanto entusiasmo en Kiev, (Medvedchuk) no es ciudadano ruso ni tiene ninguna relación con la operación militar, es una figura política extranjera”, había dicho el pasado 18 de abril.

El intercambio ha suscitado críticas en los canales militares prorrusos de Telegram. Para una de las voces más conocidas del ultranacionalismo ruso, el coronel Ígor Girkin, Strelkov, esta iniciativa ha sido “peor que un crimen, peor que un error”. “Es el hundimiento total”, advirtió. Girkin, exmiembro del Servicio Federal de Seguridad ruso (FSB) y uno de los comandantes que alentaron la guerra de Donbás de 2014, antes de ser apartado por Moscú, recalcó en su canal de Telegram que Medvedchuk “fue quién enterró el proyecto de Novorossiya (la hipotética nueva provincia rusa en Ucrania), impulsó los acuerdos de Minsk y engañó al Kremlin con que el Estado ukronazi podría ser pacificado con medidas políticas”.

“Enviar a uno solo de los terroristas de Azov debería ser inaceptable”

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Otra de las figuras rusas más airadas es el líder checheno. Kadírov comenzaba así un comunicado contra las autoridades rusas: “Extremadamente insatisfecho con el intercambio. Toda esta situación es incomprensible para mí. Siempre que se han tomado decisiones militares (…) éramos consultados”.

El presidente Kadírov recordó: “Nuestros combatientes (chechenos) aplastaron a los fascistas en Mariupol y los empujaron a Azovstal. Los sacaron de los sótanos con humo mientras morían, resultaban heridos o conmocionados. El envío de uno solo de los terroristas de Azov debería ser inaceptable”, denunció el líder checheno, uno de los principales promotores de la movilización. A pesar de sus críticas, Kadírov se cuidó en salud con una coletilla de apoyo a Putin: “Por supuesto, lo anterior es una opinión personal. ¡Cumpliremos las órdenes del supremo comandante en jefe!”.

Pese a estas críticas, el filósofo Alexánder Dugin, uno de los referentes del ala más dura del Kremlin, ha evitado pronunciarse. El intelectual ultranacionalista ha guardado silencio un mes después de la muerte de su hija en un atentado que alentó a su círculo a exigir venganza sobre Ucrania. Su silencio es es más llamativo cuando precisamente el batallón Azov fue acusado por las autoridades rusas del asesinato de su hija en una investigación exprés que Kiev tacha de montaje.

Otros batallones rusos han considerado el intercambio de prisioneros como una traición. “Si en Siria no nos rendíamos al Estado Islámico, aquí deberíamos tener una idea idéntica de que el cautiverio es la muerte y sin peros”, denunciaba en su canal de Telegram el grupo de reconocimiento y asalto Rúsich, una de las unidades de la compañía de mercenarios Wagner.

Esta agrupación, cuyos fundadores se proclaman abiertamente de extrema derecha, ya combatió antes en Donbás desde 2014. Al conocerse el intercambio, el grupo publicó una guía sobre cómo tratar a los rehenes ucranios: primero, no informar a los mandos; después, interrogarlos bajo torturas como “amputaciones de dedos y agujas debajo de las uñas” para que “puedan responder conscientemente”; y finalmente, “disparar a los prisioneros” con una serie de recomendaciones “para que no parezca intencional”. El grupo propone anotarse las coordenadas de las tumbas, tomar una foto de los rostros de los fallecidos “y ofrecer los datos al hijo, la esposa u otros por un monto de 2.000 a 5.000 dólares”.

Las críticas por este intercambio también han llegado desde los círculos políticos del Kremlin. “Desde un punto de vista motivacional, lo único peor que el intercambio de nazis y mercenarios solo puede ser el nombramiento de Medvedchuk en cualquier puesto de las repúblicas de Donetsk y Lugansk, o en los territorios liberados”, denunció Alexánder Diúkov, historiador y miembro de la comisión presidencial sobre relaciones interétnicas.

Los medios del Kremlin han dado un giro de 180 grados a su discurso sobre los militares de Azov. “¿Qué es más importante?¿La alegría de salvar a los nuestros o la satisfacción de la retribución contra el enemigo?”, comentó la directora de RT, Margarita Simonián, quien en marzo decía: “[En esta guerra] la tarea principal es salvar a la gente normal, y estoy convencida de que son la mayoría en Ucrania, de los nazis que tienen sobre sus hombros”.

Otra personalidad prorrusa que cambió de discurso fue el jefe de la autoproclamada república de Donetsk, Denís Pushilin. Este político defendió durante todo el verano la aplicación de la pena de muerte a los combatientes de Azov y a sus voluntarios extranjeros, a los que auguró su fusilamiento por considerar que eran mercenarios. Hace un par de días reiteró que su ejecución sería secreta, pero este jueves cambió de parecer ante la repentina inminencia de los referendos de anexión a Rusia. “Teníamos prisa y por eso fuimos más allá de considerar un intercambio similar. Necesitábamos sacar lo máximo posible y tenemos más muchachos en cautiverio ucranio”, afirmó a la agencia Interfax.

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